De Shakira a Bad Bunny: las residencias de conciertos, la tendencia que captura al gran público e irrita a los muy fans
El esquema tradicional de la música en directo, basado en que el artista se traslada en busca de su público, vive una llamativa inversión de los factores: ahora es la audiencia la que se sube a trenes y aviones para ir a cazar a los ídolos musicales en unas pocas ciudades erigidas como campo base, que acogen conciertos proyectados como eventos imperiales, señalados como ese lugar en el que hay que estar. Los grandes del pop concentran cada vez más sus ‘shows’ en menos ciudades y la última expresión son las residencias, con esas inéditas 11 noches de Shakira (en septiembre y octubre, en un estadio construido exprofeso en Madrid) como exponente más aparatoso.
Una tendencia que arrastra cierto historial (mención para Michael Jackson y los 50 pases que iba a ofrecer en el O2 Arena, de Londres, en 2009, frustrados por su fallecimiento), pero que ha cobrado fuerza tras la iniciativa de Adele, en agosto de 2024, de realizar diez conciertos exclusivos en un estadio ‘pop-up’, de usar y desmontar, ubicado en Munich (730.000 entradas vendidas). Palmarias ventajas para la organización: notable recorte de los gastos de viajes y producción. Aunque cada caso puede presentar variables propias. “Con Adele, hay un factor humano: ella tiene un hijo y es una madre muy implicada, por eso ahora no hace giras. Pero le propusieron instalarse durante unas semanas en una casa cercana al recinto y se avino a hacerlo”, explica Neo Sala, creador y CEO de Doctor Music, que trajo a Adele a actuar dos noches en el Palau Sant Jordi en su última gira, en 2016.
Compactar los ‘shows’ en unos pocos escenarios escogidos es una práctica que ha avanzado en paralelo a la euforia del directo pos-pandémica, con ejemplos como los cuatro ‘estadis’ de Coldplay en 2023. Rosalía abrió su gira ‘Motomami’ (2022) en Almería y actuó en diez ciudades de España, mientras que en el ‘Lux tour’ se limita a Madrid y Barcelona, con cuatro ‘shows’ cada una. Las terceras ciudades no lo tienen fácil, aunque tiendan a armarse (València con el flamante Roig Arena). Bad Bunny rompe las costuras este año con sus diez conciertos en el madrileño Metropolitano y otras dos en el Estadi (y dos más en la península, en Lisboa). Pero lo que representa un salto a otro nivel es la residencia en exclusiva y, más todavía, la que se asienta en un recinto construido para la ocasión.
El de Shakira en la parcela de Iberdrola Music, bautizado como Estadio Shakira y con capacidad para 50.000 personas, lo diseña el mismo equipo arquitectónico que levantó el de Adele, el danés Bjarke Ingels Group (BIG), y la promotora Live Nation lo presenta como un espacio con “visibilidad total” y “acústica de última generación”. Una propuesta que se observa con sumo interés desde el sector. Neo Sala la ve como “una prueba de fuego” y observa que, “si sale bien, la idea de montar tu propio recinto se irá replicando y se comenzarán a buscar lugares donde poder montar estadios efímeros”.
Evitar el trasiego de la itinerancia y el coste de montar y desmontar noche tras noche es atractivo para la industria, pero se trata de ver si esa ventaja revierte en poder ofrecer un ‘show’ distintivo respecto al que se ofrecería dentro de un ‘tour’. Vemos como año tras año las producciones se hacen más y más complejas: pasarelas, pantallas gigantes de leds, cuerpos de baile, estructuras móviles... “Se han convertido en películas de Hollywood y pretender montarlos cada día en una ciudad diferente es cada vez más complicado y caro”, estima Jordi Herreruela, CEO de Barcelona Events Musicals (Cruïlla, Porta Ferrada, El Molino), convencido de que la tendencia irá a más y que puede tener efectos positivos en la calidad y complejidad del espectáculo.
Más aún si el escenario ha sido creado para la música. Herreruela menciona el Sphere, de Las Vegas, recinto para 20.000 personas, que brinda una experiencia inmersiva en 4D y que inauguró U2 en 2023. También espacios, igualmente cubiertos, como el Co-op Live de Manchester (20.500 asistentes) o La Défense Arena, de París (40.000). “Lugares que hacen que la calidad del concierto aumente”, opina, y añade que ese tipo de espacios no tienen por qué ser gigantes. "Lo importante es que sean lugares diseñados para la música, no para el deporte”.
Ahí, cada ciudad debe considerar “qué papel quiere tener en ese circuito de residencias de música que se vislumbra, y eso pasa por tener infraestructuras estratégicas para acoger este tipo de residencias”, apunta Herreruela. El nuevo Sant Jordi Club, diseñado con fines musicales, que trepará de 4.600 a 9.000 asistentes y que debería estar activo en 2029, va en esa dirección. ¿Será suficiente? El futuro Palau Blaugrana (15.000-20.000) todavía tardará y, aunque contemple la música, estará supeditado a la agenda deportiva. “El mundo ha cambiado desde que abrieron el Palau Sant Jordi y el Estadi Olímpic”, cavila Herreruela, partidario de abrir un debate ciudadano el respecto. Neo Sala mantiene sus reservas: el Estadi “tiene la ventaja de que no está limitado por un club de futbol”, observa. “No creo que en Barcelona vayamos mal”.
Pero el auge de las residencias admite otros puntos de vista no exentos de discrepancias, en particular entre la afición. Porque una cosa es viajar a otra ciudad porque te apetece, y otra tener que hacerlo porque es la única opción de verlo. “Viajar puede ser emocionante, pero si tú lo eliges, no porque te obliguen”, observa Lorena Montón, periodista especializada en el fenómeno fan, autora de libros como ‘Mi diario de conciertos’ (2025).
Ella lo vive en persona: admiradora de Backstreet Boys de toda la vida, ha ido a verlos a lugares como Hawai o Reykjavik, así como Las Vegas. “La residencia en el Sphere la entiendo: es un recinto único y lo que ofrecen allí no pueden hacerlo en otro lugar. Pero lo de Harry Styles de cambiar una gira por una residencia no me parece bien, porque te están obligando a moverte, con los gastos que eso representa”, opina al respecto de las tandas exclusivas de conciertos que el exOne Direction escenificará este verano en estadios de Londres y Amsterdam. Aunque añade: “El concierto de BSB en el Sphere no me convenció: había tanto estímulo que no conecté con la música y no me emocionó”.
También Backstreet Boys hará residencia en Europa, diez conciertos en Düsseldorf en septiembre, y para allá irá ella. “Es una ciudad donde tiene sentido hacerla, porque ellos empezaron en Alemania”, hace notar. Pero el ‘efecto acontecimiento’ atropella el vínculo emotivo del fan genuino con el artista, lo cual tiene derivadas no deseadas, como el auge de los precios y que ocupen localidades curiosos y pasavolantes. “En Las Vegas oí a un chico decir que habían cantado muchos temas desconocidos, porque él solo conocía tres o cuatro ‘hits’”.
Sí, las residencias levantan objeciones en los muy fans, como ilustra el mensaje en las redes del club italiano de Shakira (Shakira Shiver), en el que, tras “ocho años esperando su regreso”, consideran que limitar las actuaciones europeas a Madrid no es “ni correcto ni respetuoso”. Pero no parece que estén aquí como un fenómeno accidental: vuelos de bajo coste, culto al evento, ‘FOMO’, viralidad de la música, interés industrial... Todo parece conspirar a su favor. “Es más, creo que la idea de crear estos espacios es para que se queden y que cada artista pueda personalizarlos”, aventura Jordi Herreruela. Mientras lo dice, Shakira ha añadido dos fechas más y vendido, tras solo unas horas, su entrada número 450.000 revistabarcosamotor.es.
Contenido original en https://www.laprovincia.es/cultura/2026/03/28/shakira-bad-bunny-residencias-conciertos-128512768.html
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